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MI VIDA

Nací el 20-1-1964 en Puertollano, más concretamente en un barrio minero que era considerado una pedanía llamada Asdrúbal. Mis primeros tres años de mi vida transcurrieron felices. Nos trasladamos a una casa más grande y recuerdo que mi madre y mi padre estaban contentos.

Soy el tercero de cinco hermanos. En 1971, cuando yo tenía 7 años, mi padre trabajaba como carpintero en la mina y mi madre tenía bastante con los cinco hijos: Andrea, Clara, Paco (yo), Julián y Miguel Ángel, recién nacido.

Fueron unos años en los que recuerdo que mi padre trabajaba mucho y que mi madre (cordobesa, andaluza de pura cepa) cantaba mientras arreglaba su casa y nos llamaba “rey”, “tesoro” o “vida mía”, pero cuando llegó la crisis del petróleo, empezaron graves y grandes problemas para la familia. Mis padres estaban muy preocupados porque nos obligaban a pagar la casa en a que vivíamos y no teníamos dinero.

En ese periodo, mi padre tuvo una perforación de estómago y cuando volvió a trabajar como carpintero con una máquina que llamaban “tupy” se cortó los dedos, anular corazón e índice. Todo se complicó pues se quedó en la calle sin trabajo y con una pensión mínima por accidente. Nos concedieron una vivienda de VPO (o del estado) pero hubo que pedir un préstamo de unas para el que no teníamos ni dinero ni avales. Mi padre hacía algunos trabajos mínimos de carpintería y mi hermano pequeño y yo nos íbamos con él para ayudarle.

Lo empezamos a pasar muy mal porque lo más importante era pagar la casa nueva. Pasamos mucha hambre, mi madre lloraba, mi padre volvió a tener una nueva perforación de estómago. Comíamos una vez al día, pero poco y mal. Había días que no había nada para cenar o desayunar. Los vecinos nos daban pan duro y ropa, pero ellos también eran muy humildes. No teníamos calefacción y hacía mucho frío. Fueron años muy, muy duros.

En el colegio se solidarizaron con nosotros y nos permitieron almorzar en el comedor una vez al día. El fin de semana, mi padre compraba lo que nosotros llamábamos “los culos” del fiambre, esa parte que ahora quitan al empezar el embutido y la tiran o la dan para animales.

Cuando tenía trece y hacía octavo de E.G.B., nos fuimos todos a trabajar a la vendimia a Francia. Lo hicimos durante seis años seguidos. Fue muy duro, durísimo. Las condiciones que teníamos que soportar eran penosas y el trato de los franceses era vejatorio. Nos trataban como a seres inferiores.

Pasamos muchísimo frío, hambre y sed durante el trabajo y en los escasos momentos de descanso. Penurias de todo tipo. Los barracones en los que dormíamos y las camas recordaban a los campos de concentración de los nazis. No obstante, estudié en el Instituto Dámaso Alonso de Puertollano y aunque llegaba a finales de noviembre, sin asistir a ninguna clase ni formarnos en ese periodo, lograba sacar siempre el curso en junio y con buena nota. En estos años del instituto, me levantaba todos los días a las seis de la mañana y cuando acababa por la tarde-noche ayudando a mi padre en la carpintería. No era fácil ser un adolescente sin posibilidades económicas para, prácticamente, nada, frente a compañeros con bastante dinero, pero lo asumía porque sabía el esfuerzo que estaban realizando mis padres para que nosotros estudiáramos.

Al acabar el verano, también daba clases particulares, trabajaba con mi padre en la carpintería y vendía libros y joyas de las tiendas de las que me había hecho distribuidor. En septiembre nos íbamos a Francia hasta noviembre, cada año.

Con la beca, y los  pocos ahorros  de la vendimia, empecé a estudiar magisterio en Ciudad Real, en una casa muy negra y llena de humedad. Fueron años duros. Saqué muy buenas notas pues… el acceso directo y con sobresaliente de media se trabajaba directamente como maestro. Incluso, en primero de magisterio, también tuve que ir a Francia. Me hice merecedor en esos años de la beca y luché por no perderla. Era duro el trabajo en la vendimia y duro recuperar todo lo perdido en esos primeros meses.

En teoría todo fue inútil, pues el último año que acabé con una media de 8,7 en la carrera no hubo más acceso directo. Se había paralizado todo el año anterior.

Por otro lado, cuando tenía veinte años, vivía en Ciudad Real y conocí a la que es ahora mi mujer. Me confesó enseguida que padecía anorexia y era evidente que necesitaba comer, pero más que eso necesitaba cariño y algo a lo que aferrarse para seguir viviendo. Sus padres no aceptaban nuestra relación, pues esperaban para su hija alguien ya posicionado, como según sus propias palabras, un médico, notario y yo no tenía nada, ni…

Pasamos momentos muy duros en nuestra relación. Su madre procuraba hacernos todo el daño posible y pasamos momentos muy duros.

En cuanto acabé magisterio, me fui a la mili y no fue una experiencia demasiado grata, aunque traté de leer mucho y formarme en temas de ventas.

Al volver, un tío mío que tiene varios negocios y mucho dinero, me propuso trabajar con él. Empecé sin darme de alta, de nueve a dos y de cuatro a nueve. De dos a tres, vendía en las casas y, a partir de las nueve, estudiaba las oposiciones, pero no era nada fácil. Estaba agotado.

Mi tío era un hombre especialmente duro en el trato, en las formas y en todo. De mis visitas a los bancos, comencé a hacer amistades con directores e interventores de oficina. Conociendo todas las formas de mi tío, no tardaron en llegarme propuestas para presentar oposiciones en bancos y cajas. Al año y medio de trabajar con él, hice una oposición de Caja de Albacete, nos presentamos unos seiscientos para diez plazas y yo saqué una de ellas, además en mi propio pueblo, en Puertollano. Cuando se lo comenté a mi tío, no se lo podía creer, aunque él lo supo desde el primer momento, pues le pedí permiso para hacer las cuatro pruebas que tenía que realizar.

En la Caja, trabajé sin descanso, me llevaba la comida al trabajo y me quedaba hasta muy tarde.  Mi director estaba muy contento con mi trabajo. A los tres meses, le pidieron un informe mío y fue tan bueno que inmediatamente me hicieron un contrato indefinido, en lugar de esperar a los tres años, como habitualmente se hacía.

Pronto comencé a conocer, por la documentación que manejaba, que mi jefe estaba trabajando en su propio beneficio con dinero B en la empresa. Cuando se convocó la plaza, uno de los dos tendría que irse y él no las tendría todas consigo. Yo le dije que me dedicaría exclusivamente a trabajar y velar por la oficina y por la entidad. Al poco tiempo, puse en conocimiento de mi jefe de zona sus maquinaciones quien, a su vez lo comunicó a Auditoría.

Estaba tocando a los fondos y había desviado unos treinta millones de las antiguas pesetas. Fue muy duro para todos y el ambiente con la compañera de la Caja no era el más agradable. Ella se limitó a decir que no sabía nada. Me felicitaron desde la Dirección General y consolidé mi puesto como interventor, pero a éste, le sustituyó uno nuevo impresentable.

En 1989, me casé con la que había sido mi novia durante cinco años. No tuvimos mucha ayuda, pues mis padres no tenían mucho y mis suegros, no quisieron dárnosla.

En la Caja, en 1992 llegó la fusión de todas las Cajas de CLM, menos la de Guadalajara. El nuevo jefe de zona, me dice que nos vamos a cambiar de oficina y a juntar con la Caja de Toledo. En la otra oficina, había interventor y no había director. Nos fuimos físicamente a su oficina y allá hacía funciones de todo aunque el interventor oficial era otro.

Por mis buenas gestiones de morosidad, me proponen a los cuatro meses de estar allí, ser nombrado Jefe del Departamento Morosidad en Ciudad Real. Era el salto que había esperado desde que entré en la Caja; tenía que desplazarme a diario, pero era bonito.

Tenía veintisiete años y era el jefe del organigrama más joven de la entidad. Muchos dudaron de mi efectividad pero, al cabo de un año en el cargo, pasamos de ser la peor territorial a ser la mejor en términos absolutos y relativos.

A un ascenso, siguió otro. Me nombraron a los tres años, Jefe Comercial de Ciudad Real. Mi nuevo jefe, venido del Santander, era de los que pensaban que a la gente había que darle una patada en los “güevos” por la mañana para funcionar. Intenté adaptarme a sus formas. Él me estrujó, me absorbió, me dejó “sin sangre” y al cabo de tres años, hubo de nuevo cambios, volvieron a nombrarme de nuevo jefe de morosidad para reconducir este departamento que se había apartado de los objetivos propuestos. Pronto llegaron los buenos resultados, y esta vez al año la propuesta fue nombrarme Jefe de Auditoría de CCM (Caja de Castilla La Mancha en Cuenca).

Mi mujer no quiso seguirme, como pasó en Ciudad Real. Al cabo de los cuatro meses de estar allí, de trabajar más de quince horas diarias, de… muchísimo, en el centro operativo de Toledo, al manejar libros en cajas, sentí un fuerte dolor cervical. Al acudir a los médicos y hacerme pruebas, me comunicaron que tenía una hernia cervical C6-C7 y que recomendaban la rápida intervención por el riesgo que representaba para la médula espinal. Al comunicárselo a mi jefe, dijo que le había decepcionado, que yo no podía quedarme de baja, que él había apostado por mí y que si me quedaba de baja, tenía primero que dimitir del puesto. Así lo hice, dimití en julio. En octubre, me operaron en la Clínica Ruber de Madrid. La operación fue un fracaso, pues cogí un virus de meningococo en el quirófano y estuve a punto de morir (ver desarrollado en tema enfermedades).

Pasé unos meses horribles. El dolor de las discitis, miositis y mil dolores de cabeza distintos, se habían apoderado de mí y desde entonces no me han abandonado ni un momento. Después de dieciocho meses de baja, pasé tribunal médico, acudí al Juzgado de lo Social y me dieron una invalidez permanente. Por las secuelas me evaluaron con una minusvalía del 49%.

Con respecto a la Caja, todo ha habido que ganarlo en los juzgados. Aún quedan algunos asuntos de menor calado aunque se está preparando una demanda por vía penal contra la clínica Ruber y el médico que me operó. Tengo dos hijos, Paco y Fernando de nueve y siete años que son los que le dan sentido a mi vida y, aún después de tantos años, sigo luchando porque mi mujer recupere su autoestima, se quiera y así pueda querernos un poco a nosotros.

A mí me gustaría que llegara un solo día en que, sin recurrir a la medicación fuerte, no me duela algo. Hoy, el dolor en todas sus formas, muerde y me recuerda lo que decía aquel poeta:

Mi dolor es un erial, flor que toco se deshoja, parece que alguien va sembrando el mal, para que yo lo recoja.

Muchos días pienso, si esto es vida, y reconozco que no me da miedo la muerte si llega porque no hago mal a nadie y tiene que haber algo mejor que esto.   Julio-2004




Resumen de Perfil del Tipo de Personalidad Uno

Sanos. Los tipo Uno sanos son escrupulosos y poseen un profundo sentido del bien y del mal así como valores morales muy sólidos. Son racionales, razonables, autodisciplinados y moderados. Éticos en extremo: la verdad y la justicia son valores fundamentales. La integridad y la rectitud los convierten en sobresalientes maestros morales. En su mejor estado: se vuelven extraordinariamente sabios y juiciosos. Al aceptar las cosas como son, adquieren un sentido increíble de la realidad y saben qué hacer en cada situación. Humanos, inspiradores y tolerantes: la verdad será escuchada.

Promedio. Los tipo Uno promedio no están satisfechos con la realidad y empiezan a sentir que ellos deben mejorar las cosas a su alrededor; son defensores, críticos e idealistas. Buscan razones a todo y explican a los demás cómo deben ser las cosas. Tienen miedo de cometer errores; todo debe ser consecuente con sus ideales. Son ordenados, pulcros, metódicos, bien organizados, lógicos, detallistas, aunque muy rígidos. Con frecuencia tienden a trabajar compulsivamente. Son muy puntuales, pedantes y un tanto fastidiosos. Llegan a ser muy críticos de sí mismos y de los demás; son melindrosos, perfeccionistas y juzgan todo. Siempre tienen una opinión acerca de todo; corrigen y fastidian a los demás para que hagan lo que, según ellos, es "lo correcto." Son impacientes y nunca están satisfechos con nada a menos que se hagan las cosas como ellos las ordenen. Generan juicios morales todo el tiempo; se enojan con indignación, son regañones y represores.

Malsanos. Pueden llegar a ser muy dogmáticos, moralistas, intolerantes e inflexibles. Empiezan a ver las cosas con base en absolutos: ellos tienen la verdad; todos los demás están equivocados. Pueden llegar a ser muy severos en sus juicios al mismo tiempo que racionalizan todos sus actos. Se vuelven obsesivos con las imperfecciones y los errores de los demás; sin embargo, pueden caer en contradicciones al hacer lo contrario de lo que predican. Condenan a los demás y pueden ser crueles y punitivos para deshacerse de los que ellos consideran "malhechores." Llegan a caer en depresiones severas, crisis nerviosas y existe la posibilidad de intento de suicidio.

Motivaciones clave. Desean hacer lo correcto, esforzarse y mejorar todas las cosas, ser constantes con sus ideales, justificarse a sí mismos, estar más allá de las críticas para no ser condenados por nadie.

Ejemplos. Mahatma Gandhi, Hilary Clinton, Al Gore, Juan Pablo II, Sandra Day O’Connor, John Bradshaw, Bill Moyers, Martha Stewart, Ralph Nader, Katherine Hepburn, Harrison Ford, Vanessa Redgrave, Jane Fonda, Meryl Streep, George Harrison, Celene Dion, Joan Baez, G.B Shaw, Noam Chomsky, Michael Dukakis, Margaret Thatcher, Rudolph Guliani, Jerry Brown, Jane Curtin, Gene Siskel, William F. Buckley, Osama Bin Laden, la "Church Lady" y "Mr. Spock" (StarTrek).